AYAHUASCA, UNA EXPERIENCIA MÍSTICA Y ALUCINANTE

14 de junio de 2024. Mi nombre es Salvador Romero y viajo. Estoy recorriendo el río Amazonas hasta la desembocadura. Aquí plasmo mis sensaciones y las acompaño con alguna foto, sin más ánimo que el de compartir mi experiencia.

Existen muchos mitos alrededor de la Ayahuasca. Decía un chamán, que los gringos, y cuando dicen gringos se refieren a los occidentales en general, no solo a los norteamericanos, sólo buscan la molecula y no les importa el espíritu. Y algo de razón tiene,  porque hay un cierto número de turistas que van buscando la Ayahuasca para colocarse y si puede ser, ,varios días así. Existe hasta un hotel, nada barato por cierto, para turismo de Ayahuasca. Hay infinidad de falsos chamanes que lo único que buscan es sacarles el dinero a esos turistas que van buscando los efectos alucinógenos del DMT. Pero la Ayahuasca es legal por aquí, se considera medicina indígena, no está considerada como una droga, ni mucho menos y todo el mundo habla bien de sus poderes, eso sí, siempre que se tome por medio de un chamán contrastado y que se busque una limpieza, tanto del cuerpo, como del alma. Se obtiene al hervir una mezcla de enredadera de Ayahuasca y chacruna, y contiene el alucinógeno dimetiltriptamina o DMT. Por eso me empeñé en que si la iba a tomar, tenía que ser con alguien de absoluta confianza.
Hablé con un chamán, que me recomendó un guía que trabaja para José Sinarahua, cuando estuve tres días en la selva con ellos, cerca de Iquitos. Nos acompañó a otro amigo y a mí a hablar con él y lo que me pareció es que no ofrecía confianza y que lo que querían, era hacer negocio con nosotros. Buscando chamanes por Leticia, vi que había un estudio de la universidad colombiana, que hablaba de tres chamanes, y de uno de ellos, además del nombre, ponía que vivía en un poblado indígena, cerca de Leticia. Fui allí, pregunté por él y lo localicé y éste, William Mozombite, sí que me pareció serio y acordé con él hacer la ceremonia el día 11 de junio por la noche, en una maloca en mitad de la selva, después de media hora de caminata.
El día acordado, me llevó Alberto, que se ha convertido en mi motocarro oficial, además de que ya lo considero un amigo. Llegamos al punto de encuentro a las cuatro de la tarde y empezó a caer el diluvio universal, como todas las tardes. Llegaron también una pareja de australianos, que por lo visto ya habían estado la semana anterior.
Él decía que se le había cortado la visión y que quería repetir. Salimos  cuando cesó la lluvia. Yo no iba preparado con botas de goma, como iban todos y no sabía que nos íbamos a meter por selva cerrada. En fin, que llegué como pude por un sendero totalmente encharcado, caminado casi siempre por troncos tumbados en el suelo y con la pierna derecha que la había metido hasta la rodilla tras escurrirme en un cenagal. Llegamos sobre las cinco y cuarto, me estuve quitando el cieno del pantalón y las zapatillas, y me cambié de calzado. William nos preparó tres hamacas con mosquitera para dormir y se fue. 
Estuvimos esperando hasta las siete de la tarde, que nos vino a buscar. Yo, según las recomendaciones, sólo había tomado un café y un poco de huevo revuelto a las ocho de la mañana, es decir, que esa fue mi única comida en el día. Estaba un poco intranquilo por la incertidumbre, pero Maia, la australiana, me decía que era brutal y que era muy bueno, y eso me servía para tranquilizarme.
Pasamos a una casita de madera y estaba el chamán, vestido de blanco, con un pañuelo en la cabeza y había montado un pequeño altar en suelo con una pequeña vela delante como única luz y él se sentó detrás en el suelo con las piernas cruzadas, de espaldas a la pared del fondo. A su derecha tenía a una señora que se encontraba a mi izquierda, también vestida de blanco. Empezó a hacer cánticos y se puso sobre el pañuelo de la cabeza, una especie de capirote a modo de mitra. Yo estaba en una estera en el suelo, en la pared a la derecha de chamán y los australianos enfrente mía. Encendieron espirales para ahuyentar mosquitos. Tras un montón de rezos y cánticos, se puso a rezar un padrenuestro, un credo y no sé cuántas cosas más del rito católico, lo cual resultaba llamativo. Era una especie de sincretismo. Pidió por la salud y por el bienestar de todos y echó la Ayahuasca en un recipiente. En un cuenco de madera en forma de semiesfera, de unos seis o siete centímetros de diámetro, tomó una medida de Ayahuasca y se lo pasó a la mujer. Después lo tomó él, y el siguiente en la lista fui yo. El sabor no se parece en nada a cualquier cosa que haya probado, eso sí, es muy amargo y se te queda mucho tiempo en la boca y en la nariz. 
Yo esperaba alguna reacción, pero no sentía nada. También es normal, que tras tomarlo, la gente vomite o tenga que ir de urgencia a hacer aguas mayores, pero nada me sucedía. Estuvo el chamán cantando y moviendo unas ramas con hojas a modo de sonajero, ya en oscuridad, y todo seguía igual. De vez en cuando tocaba una armónica o hacia otros sonidos. Pasada casi una hora después de la ingesta, empecé a notar que me estaba haciendo efecto y ya a oscuras, cerraba los ojos y veía imágenes de colores amarillos, azules eléctricos y dorados, y luces muy vivas, pero imágenes de cosas reales, como de adornos navideños o de máquinas tragaperras en un casino donde había gente vestida con esos colores, pero todo muy psicodélico. Las veía sólo con los ojos cerrados, a pesar de estar a oscuras. Es lo más parecido a un sueño, aunque a veces se hacía un poco pesadilla. El sentido del equilibrio no lo tenía al 100%.
Dicen que hay que concentrarse en lo que quieres ver o a quien quieres ver, pero yo me concentré en que se resuelva un problema, por lo que no se me apareció nadie, pero en ese estado de semiinconsciencia, me sentía bastante mareado y las luces de las espirales las veía como si se acercasen a mí serpenteantes y amenazantes. Hubo un hora en que me pegó muy fuerte y luego, muy lentamente se fue suavizando. Cuando estaba algo menos mareado, empecé a pensar en personas reales, pero lo vivía exactamente igual que en un sueño y estaba seguro de que estaban percibiendo que conectaba con ellas.
Estuvimos hasta las once y media de la noche. Al final, el chamán se acercó uno por uno, a mí el primero, y dijo que iba a hacer la sanación. Me echó un líquido en la cabeza y me estuvo poniendo las manos encima y pasando la rama con hojas, mientras cantaba y pedía porque todo me fuera muy bien. Cuando terminó la sanación de todos, nos fuimos a las hamacas a dormir. Los australianos tardaron mucho en acostarse y daban vueltas con la linterna. Ya no estaba mareado, pero mis sentidos seguían sintiendo de forma diferente. 
En la maloca, toda la tarde y toda la noche, estuvo encendida una lámpara de aceite. La tenía enfrente, un poco a la izquierda, por lo que a través de la mosquitera veía el interior de la maloca en penumbra.Tumbado en la hamaca, veía gente que me observaba a unos dos metros de mí. Pensaba que eran los australianos, pero cuando me agobiaba, encendía la linterna y no había nadie. Al cabo de un buen rato, vi que había una linterna alumbrando el suelo, por un rincón de la maloca. Me incorporé y miré, y era William, el chamán. Estaba acomodando en un rincón a una familia que acababa de llegar y entre ellos, un señor al que le faltaba media pierna, iba con muletas de esas que se apoyan en la axila. Seguramente se habían perdido por la selva, o se les hizo más de noche de lo que calcularon, y pidieron que les dejasen pasar allí la noche. Desplegaron una tienda de campaña azul de esas que se montan fácil y se acostaron. 
Aproximadamente una hora después, el efecto purgante de la Ayahuasca empezó a ser efectivo y me tuve que ir al baño corriendo. Al pasar al lado de los señores que llegaron a media noche, alumbré con la linterna la tienda azul y no había nada, ni tienda, ni señores, ni muletas, pero os aseguro que yo los escuché y los vi, como veo en la pantalla lo que estoy escribiendo. Apenas pegué ojo en toda la noche y a las cinco me levanté, que no me había limpiado el cuerpo del todo, como dicen ellos, y tuve que volver al baño. Al cabo de media hora empezó a clarear y ya no me acosté. 
A las siete salimos de nuevo a caminar por la selva de regreso. Había menos agua, aunque no por ello fue menos dificultoso. Al final llegamos y Alberto me estaba esperando, tal y como acordamos el día anterior, para llevarme al hotel. Me despedí de William y me hice una foto con él para el recuerdo.
El resto del día lo dediqué, una vez que pasé por el hotel, dejé las cosas y me duché, a reponer fuerzas, aunque no tenía demasiada hambre, y a descansar. El jueves, preparando ya mi partida, fui a la oficina de inmigración a sellar mi salida de Colombia y luego pasé a Brasil, para que me sellaran la entrada en el país, que si no, no me dejan entrar al barco. Seguidamente fui a comprar mi pasaje para Manaos. Después, una vez de vuelta en Colombia, llevé toda mi ropa sucia a una lavandería cerca de mi hotel, envié, aprovechando el wifi que ya no tendré en varios días, una colaboración a la revista de La Chamberga, y reservé la noche para despedirme de Colombia, cenando en el restaurante Tierras Amazónicas, de Leticia, donde disfruté un magnífico ceviche de río y mar. No sé si será obsesión, pero hice una foto a las redes que decoran el techo del restaurante, llenas de luces, y me recordaban los colores amarillos y la luminosidad de lo que veía en la sesión de Ayahuasca.
El viernes, a primera hora, embarcaré rumbo a Manaos, la que fue capital del caucho a principios del siglo XX, en la Amazonía brasileña, como Iquitos lo fue en la peruana, y donde se produjeron los mismos abusos de explotación y semi esclavización, o sin semi, de los indígenas. Pero todo se derrumbó, como en Iquitos, en 1912, con la producción de caucho en el sudeste asiático.

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