IQUITOS. UNA CIUDAD EN LA SELVA, SÓLO CONECTADA POR AVIÓN O POR EL RÍO.

5 de junio de 2024. Mi nombre es Salvador Romero y viajo. Estoy recorriendo el río Amazonas hasta la desembocadura. Aquí plasmo mis sensaciones y las acompaño con alguna foto, sin más ánimo que el de compartir mi experiencia.
Iquitos es una ciudad que comenzó siendo un pequeño pueblo fundado como misión jesuita en 1757. Todo comenzó con la exploración, y descubrimiento, porque hasta entonces, ni los habitantes de la zona eran conscientes de la magnitud del río, por el conquistador Francisco de Orellana, en 1542. Dicho descubrimiento dio lugar a una curiosidad por explorar la selva a lo largo de los siglos, fundamentalmente en las riberas de los ríos. Sin embargo, no fue hasta 1866, que fue considerada como ciudad y convertida en la capital del departamento de Loreto. Entre 1885 y 1915 fue cuando se vivió la fiebre del caucho, de tan triste recuerdo para las poblaciones locales y para la humanidad, en general. El dinero corría a raudales y se empezaron a construir casas con estilos europeos, trayendo desde el otro lado del Atlántico, todo tipo de materiales, como azulejos de Portugal o de Manises, que aún adornan las fachadas de muchas casas del centro de la ciudad. Con la caída del imperio de Julio César Arana y la plantación de semillas de caucho robadas por los ingleses en el sudeste asiático, Iquitos, al igual que Manaos o Belem do Pará, cayó en una depresión y nada tiene ya que ver con lo que fue.
Acudí a una entrevista con un chamán para conocerlo y ver si merecía confianza para probar la Ayahuasca, pero lo cierto es que no terminó de parecerme un chamán correcto, no me dio buenas vibraciones y desistí, aunque lo intentaré en Leticia, pues tengo el nombre y el lugar donde viven dos chamanes, cerca de la ciudad, por medio de un estudio de la universidad colombiana sobre el chamanismo y sobre el curanderismo.
La ciudad es alegre y bulliciosa. El clima marca el carácter de la gente y, aunque en las discotecas existe un deseo de modernidad en cuanto a la musica, la cumbia sigue siendo la reina de la selva. Por pura casualidad, me encontré con la inauguración de un paseo, y todo era gente en la calle tomando cerveza Cristal de 650cl, que aquí le hace la competencia a la SanJuan pucallpeña. La gente muy abierta, no paraba de preguntarme de dónde era y algunos insistían en qué los acompañase a que me presentaran alguna chica. Al fondo, en un escenario enorme, un grupo cumbiero, como no, amenizaba la fiesta, e incluso interpretaron la canción del perro que bebe agua, que tanto gusta por la barriada de La Latina madrileña.
Aparte de visitar los mercados de Bellavista-Nanai, el del centro y el de Belén, había que seguir probando las especialidades locales y entre ellas estaba el suri. El suri es un gusano amarillo que crece en los troncos de los árboles caídos. Su aspecto no invita a su degustación. Elegí probarlo en brocheta y cocinado a la parrilla y tras pasar el trago decidirme a meterlo en la boca, lo cierto es que no está mal, sabe como a la piel de pollo retostada al asarse. Sin embargo, los lugareños también se lo comen crudo, pues dicen que así es como tiene beneficio para los bronquios y no sé qué más.
Otra cosa que había que probar, era el lagarto, como aquí llaman al caimán, también hechos a la parrilla, que probé junto a un pescado local que tenía infinidad de espinas. Los caimanes que cocinan, no son de mucho tamaño y se suele comer la ventresca y las patas, como si de un cochinillo se tratase, aunque evidentemente la piel no se come. Tengo que decir que está exquisito, sabe a una mezcla de carne de cerdo y pollo y la parrilla le da un toque bastante bueno.
Estuve visitando el museo del barco antiguo por el malecón de Tarapacá, lo que es conocido como el bulevar. Es un barco de vapor que sirvió en la época del caucho para transportarlo por el río y que fue rescatado por un amante de este tipo de embarcaciones y lo convirtió en un museo de la navegación por el Amazonas de principios del siglo XX. Es realmente más interesante de lo que yo imaginaba y tiene muchas piezas en su interior, de auténtico coleccionista.
En el mismo malecón se encuentra el museo Amazónico, que no tiene mucho interés y el museo de las Culturas Indígenas. En él hay una gran exposición de objetos como ceraámicas, ropa, armas, etc., así como extensas explicaciones sobre una gran variedad de tribus de todos el territorio de la Amazonia, no sólo de la peruana.
Una mención aparte cuando hablamos de Iquitos, es el distrito de Belén con su mercado colorido, donde se puede comprar desde ropa a pescado, carne, frutas, productos de ferretería, comer por tres euros o acudir al taller mecánico. También me encontré allí con un predicador, vestido con una túnica y armado con un megáfono, que no paraba de afirmar que su visión era la correcta, porque Jesús no nació el 25 de diciembre, sino en marzo. Ya sólo por lo grande que es, el bullicio y el colorido que tiene, merece la pena visitarse. Es una ciudad dentro de la propia ciudad. En las zonas más bajas y próximas al río, las casas son de madera sobre pilotes, intentando evitar las crecidas del río, pero el aspecto que tiene es de pobreza y esas zonas por la noche no son las más recomendables.
Me dispongo a subir de nueva al barco y recorrer los últimos kilómetros del Amazonas peruano, para llegar a la triple frontera por Santa Rosa (Perú). Pernoctaré en Leticia (Colombia) y tomaré el siguiente barco desde Tabatinga (Brasil). 

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