BATUMI, LA COSTA DEL MAR NEGRO


Siguiendo mi recorrido por la antigua República Soviética de Transcaucasia, es decir, las actuales Azerbaiyán, Armenia y Georgia, me dirijo a la costa del mar Negro, en Batumi, ciudad favorita de veraneo para muchos rusos durante décadas. Mi nombre es Salvador Romero y en este blog plasmo mis sensaciones en el viaje y las acompaño con algunas fotografías.


El tren partió de la capital de Georgia, Tiflis, o Tbilisi como se llama en georgiano, con destino a la costa del mar Negro y más concretamente, a Batumi. Tengo que decir, que siento envidia sana de la puntualidad de los trenes que he utilizado, en Azerbaiyan, de Bakú a Sheki; en Armenia y Georgia, de Ereván a Tiflis, y el último en Georgia, de Tiflis a Batumi. Todos han llegado a la hora prevista. Últimamente he viajado bastante en tren de Madrid a Huelva y viceversa, y ni una sola vez ha llegado a su hora.


Al llegar al hotel eran ya las 23:30, por lo que poco más que instalarse en la habitación y sentarse un rato a repasar las notas, se puede hacer en ese caso, y más después de haber tenido una jornada larga, tanto en el último recorrido por Tiflis, como durante las cinco horas y media de viaje en tren. Dicho tren era bastante nuevo y cómodo. Iba casi lleno, a pesar de los dos pisos que tiene y casi todos los pasajeros se bajaron en el destino final, Batumi.
Esperaba encontrarme una ciudad típica de playa, sin más pretensiones. Quería conocer la costa del mar Negro y ese era casi el único motivo para viajar a Batumi, pero como os contaré más adelante, la ciudad me sorprendió en muchos aspectos.

Evidentemente, tiene playas, aunque éstas son de piedras redondas y chinas más menudas en la proximidad de la orilla, y no de arena fina.

También, como todos los sitios de veraneo, junto a la playa se encuentran infinidad de tiendas y puestos de todo tipo de artículos relacionados con el mar y complementos de playa. 


Tampoco podían faltar innumerables chiringuitos de comida rápida. Pero el interior de Batumi, el centro histórico, me sorprendió mucho por lo bien cuidado que estaba y por la belleza de muchos de los edificios antiguos.

Por la mañana del sábado, lo primero que hice fue desayunar en el hotel. Últimamente estoy teniendo suerte con los desayunos que me ponen, incluidos ya en el precio, pues son de buena calidad, variedad y cantidad, y en este caso no fue una excepción.

La noche anterior, antes de acostarme y con una taza de té delante, para variar, estuve mirando los sitios que merecía la pena visitar de la ciudad, además del entorno costero o playero, por supuesto. Hice un recorrido, ayudándome de Google Maps para no estar dando vueltas de un sitio para otro.

Desde el propio hotel, siguiendo una calle recta y paralela a la playa, tras veinticinco minutos caminando, llegué a la catedral Virgen Madre de Dios. Una vez dentro, me llamó la atención lo bien conservada que estaba.
 

En ese momento estaban con una de las grandes lámparas de cristal en el suelo, en un proceso de mantenimiento, pero por medio de un motor la volvieron a subir en unos segundos.


Mi sorpresa vino, cuando salió un sacerdote con un cáliz, vestido como para una misa, de una puerta del fondo. Detrás de los iconos del retablo del fondo, hay como una habitación llamada santuario, donde está el altar y donde se realiza la consagración, aunque no está a la vista.


Pues bien, los fíeles se pusieron en fila para comulgar y, como ya había visto en Etiopía, desde una especie de sopera con el vino consagrado, con un pequeño cacillo, les iba dando un sorbo a todos los que se acercaban. Pero ahí no terminaba. De ahí, todos iban al lateral donde otro sacerdote les daba un trozo de pan y un vaso con un poco vino, que iban tomando los fieles, ya sentados en su banco o parados en algún rincón de la catedral.


Desde que visité el primer monasterio en Armenia, siguiendo las costumbres locales, en casi todas las iglesias por las que voy pasando, compro unas velas y las enciendo. No iba a ser una excepción la catedral de Bastemi, por supuesto.


Salí de la catedral en busca de la plaza llamada Piazza. No me sonaba muy bien esto, imaginaba algo moderno con alguna pizzería para turistas, pero nada más lejos de la realidad. 

De pronto me encontré con una plaza de una increíble arquitectura, muy bien cuidada, que te transportaba a otro tiempo. Llamaba poderosamente la atención, una torre con un reloj de agujas doradas sobre la piedra y un carrillón con dos filas de campanas que adornaban el exterior de dicha torre. 

En el centro dicha plaza, sobre el suelo hay un enorme mosaico que recrea las villas romanas o del también romano,. imperio bizantino.

Para dar más ambiente, en ese momento llegaron dos novios recién casados en una iglesia contigua y estuvieron en medio de la plaza haciéndose fotos. Estuve esperando a ver si al dar los cuartos o la media, sonaba el carrillón, pero me quedé con las ganas, aunque eso no quita un ápice a la belleza de la Piazza.

La siguiente visita en la ruta trazada, era la plaza de Europa. Del mismo modo que en la Piazza, no esperaba gran cosa, pero de pronto me vi rodeado de edificios antiguos espectaculares y maravillosamente bien conservados.

Justo a la entrada de dicha plaza, se encuentra el reloj astronómico, una maravilla situada en la fachada de un edificio, en una esquina por la que emerge una pequeña torre.

Caminando un poco más se encuentra la estatua de Medea, pero lo verdaderamente impresionante es la cantidad de edificios que hacen que tus ojos se queden clavados en ellos.


De allí fui caminando hasta cerca de la costa, donde se encuentra un edificio peculiar, la Torre Alfabética. No tiene pisos, es una doble hélice sobre una estructura metálica y en dichas hélices se encuentran las 33 letras del alfabeto georgiano. En la parte superior hay una esfera. Un ascensor te sube hasta la esfera y allí hay cafetería y restaurante. Tranquilamente me tomé un té, mientras disfrutaba de las vistas de la ciudad y del mar Negro.


Allí mismo, al pie de la Torre Alfabética, en pleno boulevard, que es como llaman en Batumi al paseo marítimo, se encuentran dos estatuas icónicas, las de de Ali y Nino. Son dos estatuas metálicas que son realmente difíciles de fotografiar sin gente por medio, porque siempre hay alguien posando para hacerse una foto. Tienen la peculiaridad de que se mueven en un giro lento sobre sí mismas, por lo que no siempre se ven igual.


Después de comer algo, en un taxi, con el que hubo que regatear bastante, pude visitar la Fortaleza de Gonio-Apsarus. Esta fortificación, cuyas murallas se encuentran completas, fueron construidas por los romanos en el siglo I y se encuentra  a 15 km al sur de Batumi, a cuatro de la frontera con Turquía.


Al volver de la fortaleza de Gonio, el taxista me empezó a preguntar cosas sobre España. Tengo que confesar que apenas entendía lo que me decía, pero de algún modo estuvimos conversando. Me empezó a hablar de la situación de Georgia y luego lo estuve repasando en el hotel. Decía el taxista que gobernaba la mafia y maldecía de Putin.
Parece ser que el actual presidente, un empresario pro ruso y del que dicen que ya gobernaba en la sombra, según la oposición, claramente pro europea, accedió al poder de forma fraudulenta en las elecciones.


Ahora  entiendo que haya tantas banderas de la Unión Europea y las protestas de los que están acampados en el parlamento, en Tiflis. En la calle no se percibe ningún problema, pero la sensación que tengo ahora es de que no todo el mundo está contento con la situación actual.

Una vez de vuelta a Batumi, cené en una terraza, porque en Batumi hace un clima suave al estar en la costa del mar Negro, en la Piazza, mientras escuchaba un concierto a cargo de un grupo que vi anunciado por la mañana, que le llaman Sombras del Mar, así en español. Tocaron clásicos del rock de los años 80 y 90.

Al día siguiente, por la mañana, me dirigí a la estación de autobuses, para tomar una mashrutka con destino a Zugdidi,

con la buena suerte que faltaba poco para que saliera y había sitio. El viaje a Zugdidi duró dos horas y media, con niebla en la carretera, pero eso no asusta a los chóferes georgianos, que son capaces de adelantar en línea continua mientras hablan al teléfono que sujetan con una mano frente a la cara.
Ir a Zugdidi, no tenía más mision que la de hacer Escala para tomar otra mashrutka con destino a la siguiente visita, Mestia.
La mashrutka de Zugdidi a Mestia tardó cuatro horas. En total fue un viaje de casi ocho horas, desde el sur de la costa del mar Negro fronterizo con Turquía, hasta el norte en plena cordillera del Cáucaso, rodeado de montañas que en ocasiones superan los 5.000 m y muy próximo a la frontera con Rusia. 


Llegamos al destino sin novedad, aunque con más frío. En la próxima entrega os contaré mi recorrido por la montañosa región de Svanetia, al noroeste del país.


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